domingo, 12 de octubre de 2025

COSAS RARAS de Luis Enrique Gutiérrez ortiz Monasterio por Ulises Laertíada. Fotografías: Gabriela Ruiz-Dana (Shoot Dance)

 

Cosas Raras 

de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio

por Ulises Laertíada







Las rarezas acaso son la medida de la realidad, o la manera de calcular cuán normales y frívolos podemos llegar a ser en su ausencia. Trátese de malos entendidos o simplemente sucesos inexplicables, la realidad es eso: un cúmulo de cosas con muchas explicaciones posibles. Cosas Raras, obra dramática y cómica, 2016, del dramaturgo tapatío Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio mejor conocido por su pseudónimo acróstico: LEGOM bien puede ser un clarísimo ejemplo de que en el mundo hay todo excepto cosas normales. 

Tal vez no sorprenda que una obra dedicada a los niños haya ganado el Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños 2016, colocando el acento en la edad en que todo el mundo está en tela de juicio sí, incluidos los adultos, tal vez ellos por delante. La compañía teatral Concerttante, de la mano del director Jorge Taddeo, rescata en forma de homenaje esta obra de Bildungsroman teatral, de Luis Enrique. Maravillosamente, en tiempos en que los valores tradicionales de la familia, la amistad y el compañerismo se convierten en blancos de la cuestión, la presente obra invita a la reflexión al respecto, como lo es también acerca del crecimiento infantil y adolescente, la preparación de una vida, las más de las veces, mucho más difícil de lo que es en los primeros años.  









La obra teatral gira en torno a una familia disfuncional. Esto es común, es la norma, sin importar el tiempo ni el espacio. Ya lo reconocía a las claras el escritor ruso León Tolstoi desde la primera frase lapidaria de la novela Ana Karenina, 1878: «Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia desdichada ofrece un carácter peculiar». Pues bien, ¿cuál es esa peculiaridad negativa que padecen Tania y Roberto, los niños protagónicos de esta historia? De entrada, que, sin serlo, viven una vida de huérfanos. Su madre ha muerto a causa de una enfermedad paulatina, mientras que el padre, perseguido por sus demonios, huye hacia asideros afectivos un nuevo amor y financieros un mejor empleo-. ¿Realmente puede bastar esto para sacar adelante una familia que parece venirse a pique?

Tania Nena y Roberto Beto se lo preguntan infinidad de veces y luchan para que aquellas «cosas raras» se conviertan quizá en una normalidad más llevadera para los dos, o no, puede que nada de eso pase por las cabezas de ambos niños. Lo cierto es que su situación es la excusa ideal para adentrarse en el extraño mundo de la gente grande, esa que tiene relaciones incomprensivas, hábitos contradictorios, muchos secretos e inconfesados deseos: materia profundamente sensible para unos mocosuelos. 

La obra se plantea en un juego estructural de narración y diálogo interpuestos, una técnica que permite llenar los huecos vacíos, dilucidar en los hechos pasados, avanzar y retroceder en el tiempo, congelarlo y descongelarlo. Nena y Beto ambos narradores agentes de su historia, y nada de congelados ante el desasosiego, por cierto cuentan, desde otra temporalidad, su infancia, en la que, de vuelta a aquel tiempo, se los mira lidiando con sus predicamentos. Con todo, sus espíritus de soldaditos custodios de la familia los lleva a lanzarse a la temeraria empresa de rescatar al padre de un empleo mediocre, unos negocios poco favorecidos, las uñas de una posible amante tras bambalinas y la esperanza de que, eventualmente, lleguen a ser lo que algún día fueron, cuando eran cuatro. 

Beto es un niño que vive a sabiendas de ser el menos querido de los dos, en tanto que Nena se sabe la consentida. Beto quiere ser el más maduro, el que puede entender a los adultos, el que sabe, de algún modo, cómo piensan aquellos, mientras que la Nena se deja llevar por sus sensiblerías y querencias por el padre.  












La obra pretende ser un cómplice de los infantes, puesto que Nena y Beto se convierten en prototipos de unos pequeñines que sólo buscan ser felices junto a su familia: una familia de cuatro que devino en tres, de pronto en dos, de pronto… ¿Dónde estaba el mentado papá que, un mal día para ellos, se desapareció porque sí? Nena y Beto emprenden una búsqueda incansable de un día lleno de ajetreos, trámites, averiguaciones y muchas respuestas evasivas de la policía, del mesero de El Jarocho Volador, de sus libres imaginerías. La verdad sea dicha: los espacios que pueden llegar a ocupar los padres ausentes pueden ser tan diversos y ocultos como se sientan de abandonados los hijos. Eso sí que es raro para ellos. A partir de allí, los achares del padre serán el objeto de cuestión de Nena y Beto. Una familia sin la madre biológica no puede sobrevivir con la presencia amenazante de una madre postiza. ¿A dónde se puede ir la dicha de una familia ya sin etiquetas reconocibles?  

Ante el desvanecimiento inminente de un orden precedente, los niños juegan día y noche, a placer, a voluntad tendida: echan a correr como gatos y ratones, se distraen en las luchas, portan las máscaras de luchador que les compra su padre, se arañan y mordisquean, viven el juego y juegan la vida. De pronto no pueden hacer además de resolver la metafísica y las finanzas del padre que va a menos más que eso. 

Las cosas raras descripción que encuentra racionalmente el padre para encubrir unos trabajos indeseables, como lavar los platos en un restaurante de medio pelo de repente se puede convertir en el escudo de protección de los hijos. Ante la vergüenza, la pena y el desmayo de una vida infeliz, en escasez, en serios aprietos, ¿acaso un buen padre no está dispuesto incluso a mentir por el bienestar de sus hijos? Los obsequios saben muy poco cuando la buena vida resulta un lujo.  

La Nena y Beto bien que mal, siempre obsequiados por su papi se rehúsan a tener una vida al margen de las emociones, del amparo de papá y mamá juntos, si tan sólo les fuera posible esa cosa tan rara, no desean ser huérfanos en activo, anhelan deslizarse en el día a día en completa compañía. Hacen cuanto deben hacer para ello: ser detectives, investigadores, centinelas, cuidadores, en una palabra, buscadores de una existencia desentendida de rarezas y arañas venenosas. 








La ejecutoria dramatúrgica de LEGOM que se extiende en otras obras como Los restos de la nectarina, Si una noche o algo así, Deus ex pórquina, Diatriba rústica para faraones y otras más, en palabras del propio director Jorge Taddeo, primo del autor de la presente obra, «toma muchas fuentes de inspiración en una tradición contestataria» y establece una crítica de una realidad particular la mexicana y quizá de una general la humana. Remite, por otra parte, a una propuesta asaz aguerrida y sarcástica contra las instituciones de las buenas repúblicas familia, grupos amistosos, sistema de justicia, la sociedad misma. Si todo se mofa de nosotros, ¿por qué no responder con más mofas? Enmarañados hasta las trancas de absurdos e imposibles, volver a ser niños sea un gesto de lucidez, como bien lo muestra Cosas Raras. Hacer la crítica como ellos la hacen sin pelos en la lengua ni miramientos en la moral a cuantos desaguisados observamos en la cotidianidad. Con tintes cínicos e irreverentes, con miradas agudas y comentarios espontáneamente francos, quizá sea una invitación generosa a comportarnos así en nuestras vidas de siempre: un poco suspicaces de esto y aquello, inconformes ante un estado de cosas, de los sentimientos medios y las vidas partidas, de las reiteradas ausencias pese a estar más que vivos, velar por un digno nivel de paz anímica y ser lúdicos en medio de una selva que parecería no apiadarse de nadie. En fin, nada que sea realmente raro para un niño o un adulto.






Ulises Laertíada

11 de octubre de 2025, Guadalajara, Jalisco, México