Hoy se cumplen 20 años de su partida. El 10 de enero del 2005 falleció el tenor lírico pinto Alfonso Orozco, y desde entonces el sol al menos para mi y seguramente para Rebe y para sus hijos Alfonso y Danilo, ya no calienta igual. En infinidad de ocasiones he echado de menos sus consejos, su guía, su amistad. Anoche me di a la tarea de buscar información en internet (una vez más) y mientras no puse el año del fallecimiento, literalmente no me arrojó ningún resultado. Las mismas tres notas de siempre: una función de zarzuela donde lo elogian por su gran pronunciación, una liga al dúo de Don Carlo con el Mtro. Bañuelas, otra liga al Mtro. Sulvarán quien fue un joven Escamillo en unas Carmenes de Bellas Artes, y un concierto en la UNAM, donde recuerdo haber estado, en el cual iban los solistas de la ópera a dar sus servicios, pues en ese entonces había cambiado la configuración de la ópera en México y habían sacado de circulación en la ópera de Bellas Artes a casi toda esa generación de artistas. Alfonso, todavía cantó unas funciones de Madama Butterfly en el Palacio (1992) con una soprano finlandesa Eliana Lappalainen y dirigido en escena por un director de una telenovela de tras oriental, el del “Pecado de Oyuki”, Benjamin Caan, su primera ópera y si mal no recuerdo, también la primera de Kleinburg, porque esta había sido programada por Sergio Vela, y al ser sustituido por el mencionado, llegó a un ensayo dentro de las instalaciones de Bellas Artes. Alfonso, fue el último de aquella generación que siguió presentándose, no más Guillermina Higareda, Roberto Bañuelas, etc., etc.,
En el Palacio de Bellas Artes Alfonso Orozco, había interpretado en los últimos años a Pinkerton, su gran rol, con el que acompañó a la famosísima maestra Irma González, en su despedida de la ópera. Lo cantó también con su paisana Gilda Cruz-Romo y por supuesto con su frecuente compañera Guillermina Higareda, de quien él decía que cuando regresaba a escena como Cio-Cio-San con la melodía aguda del violín que da lugar al dúo de amor, y desde el que la soprano emerge recitando: “Vogliatemi bene, un bene piccolino, un bene da bambino…”, o sea la pequeña japonesa pidiéndole que la ame tiernamente, con cuidado sin irla a romper, como si fuera una niñita… en la obra ella tiene 15 años… bueno, Alfonso platicaba como sentía que se le enchinaba la nuca cada vez que Guillermina cantaba esas frases. Una gran artista con una expresión y una voz sublime.
Hay testimonios de muchas de estas funciones en video, solían transmitirse en el canal 11 del politécnico y después en el canal 22, con Rogelio Vargas, que para mi eran imperdibles las sesiones semanales de las ópera completas. Esa época dorada la registró don Manuel Irizar y todavía gracias a su esfuerzo pueden verse en Youtube, donde que no les cuenten, pueden ustedes comprobar el nivel de la ópera que tenía México y que competía artística y vocalmente con el nivel de cualquier compañía del mundo. Al parecer ha sido ignorada por estos nuevos “expertos”, y dejada a su suerte. Pues Irizar, ha intentado que se haga un rescate digital de estos materiales, sin éxito. A veces pienso si será para decirnos que lo que vino después fue mejor, no lo sé. El asunto es que la mayoría de estas grabaciones tiene una terrible calidad de sonido y video.
En esas grabaciones es posible ver a Alfonso en el demandante rol de Luigi, en “Il Tabarro “ (1990), junto al maestro Bañuelas, quien me platicó recordando aquella temporada, que el rol de Michele lo había cogido por sorpresa, a pesar de su experiencia y de haber cantado otros roles de Puccini, nunca se esperó la dificultad de este papel y tuvo que luchar ya en ensayos con orquesta para resolverlo, lo cual era rarísimo en un cantante que siempre llegaba con sus roles flamantemente puestos desde el primer día de montaje. La mtra. Higareda fue Giorgetta. Creo la última ópera que hicieron los tres juntos en ese escenario. También con Alfonso, está su Don José en “Carmen”, su Cavaradossi en “Tosca”, otros de sus grandes roles, y por supuesto el rol con el que lo conocí personalmente: Samson, de “Samson et Dalila” (1989), en el Teatro Degollado junto a Estrella Ramírez y Arturo Nieto. Recuerdo haber estado en todos los ensayos y funciones de esa maravillosa puesta, por aquel entonces el Coro del Estado estaba en su mejor momento, muchos de sus integrantes seguirían como solistas después, pero tengo hasta hoy muy dentro de mi, el recuerdo del “Voi ma misère, Hélas”, al principio del Acto III, cuando Samson da vueltas al molino, ciego. Esas impresionantes frases en las que el tenor va al “la bemol”, “Dios, toma mi vida en sacrificio para calmar tu furia” y después volverá al la natural. En ese momento, todo el teatro Degollado se llenaba de sonido, como si no hubiera espacio sin abarcar, no es que fuera solo tremendamente fuerte, sino por intentar explicarme es como si todo el espacio se llenara de agua en ese momento, esa agua era sonido. Nunca he vuelto a escuchar algo así, me han referido experiencias semejantes dos maestros: Roberto Bañuelas cuando escuchó a Giangiacomo Guelfi, la misma sensación del sonido inmenso que abarcaba todo. Cuando acudió a preguntarle cómo lo hacía, Guelfi le decía que era el “fiato”. El Mtro. Ratko Tichavsky me hablaba de su experiencia escuchando a la Obrasztsova en un par de ocasiones, y se refería a ella como si tuviera una boca gigantesca de la cual brotaba un caudal de sonido. Pues bien, cada ensayo y función en esa aria, volvía el momento fulgurante, el mismo efecto, que tristemente como cuando Victoria de los Ángeles habla de Bjoerling, no puede ser captado por los micrófonos, es algo que sólo puede ser experimentado in situ. De los Angeles se refería a la belleza de la voz de Bjoerling, que no podía ser capturada en un disco, había una cualidad única que sólo podía percibirse en vivo.
Por supuesto, después de ese Samson, fui a pedirle a Alfonso Orozco que me enseñara, y vaya que lo hizo, no me voy a extender aquí acerca de ello porque este texto es para honrar su memoria y no la mía, Pero descubrí que esa impresionante voz, era tan sólo parte de una maravillosa persona, con una cultura enorme, sumamente generosa. Un lector voraz que me inició en tonelada de libros y un hombre que podía charlar sin ninguna dificultad durante horas de temas interesantísimos. El Mtro. Bañuelas se refería con ese humor que lo caracterizaba, a “los excelentes monólogos de Alfonso Orozco”. Desde entonces, cada que me he topado con personas que lo trataron, en especial sus compañeras y compañeros, siempre me hablan con mucho cariño de él. En una ocasión durante unas audiciones en el Conservatorio Nacional, estaban como sinodales las sopranos Guillermina Higareda y Rosa María Diez, junto a Leszek Zawadka, y antes de cantar me preguntaron con quien había estudiado. Al mencionar a Alfonso Orozco, que había fallecido recientemente, se emocionaron mucho pues habían cantado con él en muchas ocasiones, canté “Allerseelen” (el día de todas las almas) de Richard Strauss, mientras la mtra. Guillermina recitaba en silencio la canción y lloraba muchísimo, se quisieron enormemente. Por supuesto, siempre presente, su pareja, la mtra. Rebeca Pérez Higareda, con quien compartimos muchos momentos increíbles en compañía de Alfonso, al que es imposible no recordar. Ese mismo año (2005), publicaría mi libro sobre la Canción Arte, que está dedicado a su memoria.
