martes, 23 de septiembre de 2025

30 Aniversario de Concerttante, por Ulises Laertíada. Fotografía: Gabriela Ruiz-Dana (Shoot Dance)

 30 Aniversario de Concerttante

Teatro Degollado 
20 de septiembre de 2025
por Ulises Laertíada







Es de todos sabido que en septiembre suceden cosas muy importantes en México, como puede ser la consumación de la Independencia el 27 de septiembre de 1821, o la primera fundación del Teatro Degollado el 13 de septiembre de 1866, con la voz de la soprano de ópera Ángela Peralta, o, en fechas recientes, el trigésimo aniversario de la compañía teatral Concerttante Producciones, bajo el gobierno del tenor de ópera Jorge Taddeo. 

A una sola exhibición, como sucede en ocasiones altamente especiales, se celebró el día sábado 20 de septiembre de 2025 la función de gala conmemorativa con motivo de los treinta años de andadura teatral de Concerttante. La cita fue en el Teatro Degollado, inmueble lleno de historia, como historia tiene el equipo de actores junto con su director en la escena tapatía. Una consigna caracteriza a esta compañía, y es justamente la multidisciplinariedad de sus ejecutorias: música, danza, ópera, teatro. Aquel viejo dicho de circo, maroma y teatro se cumple a las claras aquí. En esta tónica se han mantenido desde 1995, apelando a los puentes y encrucijadas artísticas que, tarde o temprano, caen en el mismo terreno: el arte. A semejanza de las cuatro históricas remodelaciones que ha tenido el Teatro Degollado, Concerttante decidió presentar no sólo una obra en el escenario, sino un conjunto de pasajes emblemáticos de diversas obras representadas a lo largo del tiempo. Inmueble y convicción se fusionaron con un mismo objetivo: mantener cautivo a la audiencia a cada segundo. 

La cita dio comienzo a las siete de la noche. Los asistentes se arracimaban a las afueras de la sede multifacética, al regazo del mosaico de Apolo y las nueve musas. La frontera entre el mundo real y el mundo artístico estaba a unos pasos de distancia. Las apoloides daban la bienvenida. Con un aforo casi al colmo, las luces comenzaron a apagarse de a poco. De pronto el escenario estuvo en sombras, en una penumbra de suspenso. Saltaron a la escena, para inaugurar la función como debía, el director, un grupo de músicos y bailarinas de ballet. La primera pieza musical fue «En la gruta del rey de la montaña» del compositor noruego Edvard Grieg. Siguiendo aquel célebre crescendo del movimiento musical, la función tomaría aquella dirección. Lo anterior ocurrido tras un repaso proyectivo efímero de La Ópera de los Tres Centavos, que inauguralmente habría de ser el sello distintivo de un espectáculo multifacético: el juego convergente entre el pasado y el presente de la compañía tenía cabida de forma vertiginosa. Como he acotado ya, no sólo se ha tratado de teatro, sino también acompañado de música, danza, ballet y ópera, pero además de eso, proyecciones audiovisuales de extractos de cada una de las obras alguna vez representadas, mismas que a su vez marcaban la pauta para preparar la escena real que se ofrecería enseguida.  

Entre las obras que se mostraron, apenas unos sabios y bien escogidos pasajes, como relumbrones para una audiencia ávida, desfilaron por la escena la obra mencionada ya, La Ópera de los Tres Centavos, 2012; además de El Niño y los Sortilegios, 2014; Cenizas a las Cenizas, 2015; Amadeus, 2016; Peer Gynt, 2017; Gynt: Las Encrucijadas del Tiempo. Como parte constitutiva de Concerttante, es digno de mención aquellas obras dirigidas al público infantil, circunscritas a Concerttante Pekes, que asimismo han tenido su momento en ocasiones pasadas, tales como La Fiesta de las Brujas, 2018; Maya y el Profesor Itzamná, 2019; Escudos y Conjuros, 2020.

Así pues, las imágenes se sucedían rápidamente allá atrás, en la gran pantalla; la música en vivo acompasando adecuadamente cada escena representada. Las voces de los actores, por su parte, que comparecían al escenario, se escuchaban con una claridad contrastante con el silencio del público, prestos a observar qué fragmento se deslizaba por las tablas, qué personaje tenía su oportunidad para hablar, qué tipo de música se apreciaría a la sazón. La diversidad iba y venía, a vuelo de pájaro había que atrapar y captar la obra en cuestión. El público era partícipe de una función que escalaba a distintas latitudes, que proponía viajar de una historia a otra, de un momento a otro, suscitar, al fin, en el ánimo de la gente, las variadas emociones que podían sugerir cada una de las piezas seleccionadas. ¿Concerttante buscaba quizá desconcertar a sus fieles y queridos espectadores?  

Como si el escenario fuera una suerte de océano, los ríos dramáticos, musicales, operísticos y dancísticos llegaban hasta allí con toda su fuerza. Particularidades propias de una función que pretendió ser integral desde el comienzo, los ojos se multiplicaban para observar de pronto a los músicos en el teclado, en los violines, el violonchelo, el clarinete, o de pronto, y del otro extremo del escenario, a los actores y bailarinas caracterizados, entrados en simultáneo, atentísimos a efectuar la debida coreografía, además del propio director de orquesta, que con su batuta manos y gestos incluidos, por supuesto parecía arrojar polvos encantadores a fin de que nada perdiera su magia.

El entablado en su totalidad era aprovechado por el talento que cantaba, bailaba, se apoderaban de sus personajes, dialogaban y monologaban, corrían de aquí a allá, saltaban y ejecutaban sus movimientos con una precisión matemática, un estudio calculado del espacio, en perfectos círculos frente al proscenio, y las luces y las cámaras que los seguían sin importar cuán veloces o ágiles se pintaran. El juego luminoso y tramoyista tuvo su feliz acoplamiento. Aquel espectador que descuidara un rincón del escenario, corría el riesgo de perderse un detalle valioso de aquel actor, o aquella bailarina, o aquel otro músico.  

Por lo que respecta a los tonos de las diferentes escenas, observamos momentos jocosos de pasajes en cortes palaciegos, monólogos desesperantes de un náufrago, un noble venido a menos o a más, el hijo príncipe que ve morir a su madre, entre aguas cristalinas y fiordos noruegos, más tarde cánticos con increpaciones sociales y divisiones de clases; pasión y enojo, nostalgia y tristeza, arrebato y envalentonamiento. Los registros que pueden aparecer en una sola obra secuenciada y uniforme fueron ofrecidos en esta ocasión de forma selectiva y de diversas piezas teatrales. La interdisciplinariedad tocó su raíz: ahora Concerttante demostró que incluso las obras se pueden entremezclar y arrojar un resultado inesperado. Como si una sola historia se hubiera contado desde muy variados puntos de vista, contados y cantados, cuando no bailados o interpretados. 

Sin embargo, como el arte tiene la capacidad de valorar a sus artistas vivos y muertos, cerca del intervalo entre las dos partes de la función, se dedicó una sonata fúnebre en memoria de los actores y dramaturgos finados, a quienes se les recordó por sus trayectorias y legados al acervo cultural mexicano y universal. Con el toque de un solo violín, mas acaso sendos golpes emotivos en la memoria, en la pantalla se apreciaron los rostros de los artistas homenajeados: Andrés Tirado Díaz de León, Enrique Álvarez, Jorge Tirado Díaz de León, Kimball Wheeler, Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, Laura Elena Mendivil, Odile Jöelle Corbel y Pedro Estrada. Aquella frase atribuida al maestro de las artes múltiples, Leonardo da Vinci «La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte», fue acatada a cabalidad por la compañía teatral, con lo cual, en el mismo entendido que el florentino polímata, la gala conmemorativa continuó para que la belleza siguiera manifestándose en el recinto.

El estupendo y versátil espectáculo prosiguió, ahora con más ballet de por medio: jóvenes bailarinas nos deleitaron con sus perfectos y delineados giros, vueltas, saltos y figuras de danza. La sutileza de la expresión italiana estaba también servida. Un hombre de la tercera edad se sumó al baile: ¿acaso para dar cuenta de que, tocante a bailes, alegrías y entusiasmos, da lo mismo la edad y la apariencia? Juventud y senectud se volvían cómplices sobre los tablones. Peer Gynt y el fundidor tuvieron una segunda oportunidad para hacer las paces en el escenario.

Las sorpresas no menguarían, dado que de la geografía nórdica, pasamos a la Europa del Siglo de las Luces, para atestiguar las intrigas palaciegas y demás celos profesionales en torno a la figura egregia de Wolfgang Amadeus Mozart, siguiendo una reinterpretación dramática y operística de la película de 1984, Amadeus, dirigida por Miloš Forman y escrita por Peter Shaffer. Salieri, por enésima ocasión, quedaba avergonzado por la insuperable habilidad de Mozart en el piano y sus gracias estentóreas, tanto de risa como de arte. Si aquella afamada apostilla del filme rezaba que «Todos somos iguales ante los ojos de Dios», indudablemente esa noche no fue tal para el público presente, que a las claras se decantaba por el autor de La flauta mágica. 

Tal vez para rematar en regiones no esperadas, a fin de no caer en lugar común, yendo hacia otra tierra, otra época, al término del primer gran acto, por decir tal, una suerte de ballet acuático se presentó, protagonizado por pequeñas bailarinas, agrupadas en excelente armonía; un coro dancístico que desplegó lo mejor de sí, con una hechura admirable y cada movimiento esgrimido con gran naturalidad en el agua. 

Las chicharras sonaron al punto para indicar el breve receso. No todos quisieron levantarse de sus lugares y amagar con una salida abrupta; se pedía más, se respiraba una gana por continuar viendo aquellos embelesos teatrales. Los aplausos intermedios sólo anticiparon una lluvia de parabienes al final: era cosa de aguardarlo. Con todo, habría un segundo acto, por fortuna, una segunda parte que prometía una amalgama sugerente, de números tras números, sin esperar nada previsible en lo absoluto. Los telones bajaron y en un periquete se reabrieron para proseguir la función.

Entonces comenzó la segunda tanda, con todo lo habido para ofrecer en escena drama, baile, música, canto, más concentrado en ópera y música, todo bien acompasado, esperando cada cual su turno de intervención; actores al frente, bailarinas atrás, el público silente y expectante. Se seguían las canciones con sumo cuidado, así como los vestuarios de los personajes, cada uno de ellos de época: pantaloncillos cortos, tirantes, gorros, faldones pelucas, vestidos brillosos, uniformes militares, de aristócratas y gente venida a menos. El vestuario resultaba conveniente para cada perfil y cada voz que se reafirmaban con caracteres distintos. La complejidad del mundo se volcaba en el artificio del escenario.

Las proyecciones de las obras del pasado continuaron, previo a su respectico extracto en tiempo real, razón por la cual se generaban emociones por anticipado: el público obtenía un bocadillo consentido antes de lanzarse a degustarlo. Las canciones lucieron por igual, ya en colectivo, ya en solitario; la ópera estridente y bella se despedía desde las metálicas gargantas de los cantores. El recinto se reavivaba con un nuevo aliento, con el grito de Esténtor, el viejo heraldo aqueo, capaz de reproducir cincuenta voces a un solo tiempo. No estábamos en la Guerra de Troya, pero en la medida en que no se cantara con fuerza y propósito, de pronto y algo significativo se perdería. Así cantaban e interpretaban las canciones, en español e inglés, para cada presentación. Un embrujo total. 

La gala tocaba a su fin, no sin cantos especiales, donde muchos actores y cantores tuvieron la oportunidad de mostrar sus dotes, aunadas a la música que en todo momento hizo lo propio. Y el director que, como buen dios del escenario, conducía a su compañía, vigía detallado de su labor, de seguir todo lo escrito en partituras, guiones y libretos. ¿Cabía esperar más además de eso? Sólo que al final se presentara el elenco completo, unieran voces, bailes, esfuerzos, habilidades, todo ello reunido en un mismo espíritu, en un grupo concertado y unificado, en un gesto de amor por el teatro y el arte. Todo habría de concluir con las notas edificantes y vigorosas de la dieciochesca ópera–ballet francesa titulada Les Indes Galantes: Les Sauvages de Jean–Philippe Rameau. Con una arenga hacia la paz, la búsqueda de la felicidad, el placer por lo sencillo y un retorno a lo esencial de la vida, como expresaba la pieza, elenco y público se mimetizó en un vendaval de palmas. Todos fuimos, por espacio de breves minutos, les sauvages, sensibles a la naturaleza, motivados por la música, sacudidos por el viento de la fortuna. Abajo los telones rojos y arriba los corazones triunfales.     

¡Quién ha dicho que no somos orgullosamente mestizos! Si en un mismo escenario caben a la perfección el Barroco español, el Renacimiento italiano, las composiciones de Mozart, los vestidos victorianos, los bailes de géneros contemporáneos en sus coreografías, folklor nórdico, cantos operísticos, ballet italiano y hasta algo de poesía, entonces ¿por qué no pensar que hasta la fecha la compañía Concerttante ha logrado un destacable concierto integral? Nada queda excluido. Cada manifestación artística tiene su enclave pertinente. Esto es Concerttante, quienes lo han visto o escuchado, lo saben. 



Ulises Laertíada


23 de septiembre de 2025, Guadalajara, Jalisco, México 

    

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