miércoles, 3 de diciembre de 2025
domingo, 12 de octubre de 2025
COSAS RARAS de Luis Enrique Gutiérrez ortiz Monasterio por Ulises Laertíada. Fotografías: Gabriela Ruiz-Dana (Shoot Dance)
Cosas Raras
de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio
por Ulises Laertíada
Las rarezas acaso son la medida de la realidad, o la manera de calcular cuán normales y frívolos podemos llegar a ser en su ausencia. Trátese de malos entendidos o simplemente sucesos inexplicables, la realidad es eso: un cúmulo de cosas con muchas explicaciones posibles. Cosas Raras, obra dramática y cómica, 2016, del dramaturgo tapatío Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio ⸺mejor conocido por su pseudónimo acróstico: LEGOM⸺ bien puede ser un clarísimo ejemplo de que en el mundo hay todo excepto cosas normales.
Tal vez no sorprenda que una obra dedicada a los niños haya ganado el Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños 2016, colocando el acento en la edad en que todo el mundo está en tela de juicio ⸺sí, incluidos los adultos, tal vez ellos por delante⸺. La compañía teatral Concerttante, de la mano del director Jorge Taddeo, rescata en forma de homenaje esta obra de Bildungsroman teatral, de Luis Enrique. Maravillosamente, en tiempos en que los valores tradicionales de la familia, la amistad y el compañerismo se convierten en blancos de la cuestión, la presente obra invita a la reflexión al respecto, como lo es también acerca del crecimiento infantil y adolescente, la preparación de una vida, las más de las veces, mucho más difícil de lo que es en los primeros años.
La obra teatral gira en torno a una familia disfuncional. Esto es común, es la norma, sin importar el tiempo ni el espacio. Ya lo reconocía a las claras el escritor ruso León Tolstoi desde la primera frase lapidaria de la novela Ana Karenina, 1878: «Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia desdichada ofrece un carácter peculiar». Pues bien, ¿cuál es esa peculiaridad negativa que padecen Tania y Roberto, los niños protagónicos de esta historia? De entrada, que, sin serlo, viven una vida de huérfanos. Su madre ha muerto a causa de una enfermedad paulatina, mientras que el padre, perseguido por sus demonios, huye hacia asideros afectivos ⸺un nuevo amor⸺ y financieros ⸺un mejor empleo⸺-. ¿Realmente puede bastar esto para sacar adelante una familia que parece venirse a pique?
Tania ⸺Nena⸺ y Roberto ⸺Beto⸺ se lo preguntan infinidad de veces y luchan para que aquellas «cosas raras» se conviertan quizá en una normalidad más llevadera para los dos, o no, puede que nada de eso pase por las cabezas de ambos niños. Lo cierto es que su situación es la excusa ideal para adentrarse en el extraño mundo de la gente grande, esa que tiene relaciones incomprensivas, hábitos contradictorios, muchos secretos e inconfesados deseos: materia profundamente sensible para unos mocosuelos.
La obra se plantea en un juego estructural de narración y diálogo interpuestos, una técnica que permite llenar los huecos vacíos, dilucidar en los hechos pasados, avanzar y retroceder en el tiempo, congelarlo y descongelarlo. Nena y Beto ⸺ambos narradores agentes de su historia, y nada de congelados ante el desasosiego, por cierto⸺ cuentan, desde otra temporalidad, su infancia, en la que, de vuelta a aquel tiempo, se los mira lidiando con sus predicamentos. Con todo, sus espíritus de soldaditos custodios de la familia los lleva a lanzarse a la temeraria empresa de rescatar al padre de un empleo mediocre, unos negocios poco favorecidos, las uñas de una posible amante tras bambalinas y la esperanza de que, eventualmente, lleguen a ser lo que algún día fueron, cuando eran cuatro.
Beto es un niño que vive a sabiendas de ser el menos querido de los dos, en tanto que Nena se sabe la consentida. Beto quiere ser el más maduro, el que puede entender a los adultos, el que sabe, de algún modo, cómo piensan aquellos, mientras que la Nena se deja llevar por sus sensiblerías y querencias por el padre.
La obra pretende ser un cómplice de los infantes, puesto que Nena y Beto se convierten en prototipos de unos pequeñines que sólo buscan ser felices junto a su familia: una familia de cuatro que devino en tres, de pronto en dos, de pronto… ¿Dónde estaba el mentado papá que, un mal día para ellos, se desapareció porque sí? Nena y Beto emprenden una búsqueda incansable de un día lleno de ajetreos, trámites, averiguaciones y muchas respuestas evasivas de la policía, del mesero de El Jarocho Volador, de sus libres imaginerías. La verdad sea dicha: los espacios que pueden llegar a ocupar los padres ausentes pueden ser tan diversos y ocultos como se sientan de abandonados los hijos. Eso sí que es raro para ellos. A partir de allí, los achares del padre serán el objeto de cuestión de Nena y Beto. Una familia sin la madre biológica no puede sobrevivir con la presencia amenazante de una madre postiza. ¿A dónde se puede ir la dicha de una familia ya sin etiquetas reconocibles?
Ante el desvanecimiento inminente de un orden precedente, los niños juegan día y noche, a placer, a voluntad tendida: echan a correr como gatos y ratones, se distraen en las luchas, portan las máscaras de luchador que les compra su padre, se arañan y mordisquean, viven el juego y juegan la vida. De pronto no pueden hacer ⸺además de resolver la metafísica y las finanzas del padre que va a menos⸺ más que eso.
Las cosas raras ⸺descripción que encuentra racionalmente el padre para encubrir unos trabajos indeseables, como lavar los platos en un restaurante de medio pelo⸺ de repente se puede convertir en el escudo de protección de los hijos. Ante la vergüenza, la pena y el desmayo de una vida infeliz, en escasez, en serios aprietos, ¿acaso un buen padre no está dispuesto incluso a mentir por el bienestar de sus hijos? Los obsequios saben muy poco cuando la buena vida resulta un lujo.
La Nena y Beto ⸺bien que mal, siempre obsequiados por su papi⸺ se rehúsan a tener una vida al margen de las emociones, del amparo de papá y mamá juntos, si tan sólo les fuera posible esa cosa tan rara, no desean ser huérfanos en activo, anhelan deslizarse en el día a día en completa compañía. Hacen cuanto deben hacer para ello: ser detectives, investigadores, centinelas, cuidadores, en una palabra, buscadores de una existencia desentendida de rarezas y arañas venenosas.
La ejecutoria dramatúrgica de LEGOM ⸺que se extiende en otras obras como Los restos de la nectarina, Si una noche o algo así, Deus ex pórquina, Diatriba rústica para faraones y otras más⸺, en palabras del propio director Jorge Taddeo, primo del autor de la presente obra, «toma muchas fuentes de inspiración en una tradición contestataria» y establece una crítica de una realidad particular ⸺la mexicana⸺ y quizá de una general ⸺la humana⸺. Remite, por otra parte, a una propuesta asaz aguerrida y sarcástica contra las instituciones de las buenas repúblicas ⸺familia, grupos amistosos, sistema de justicia, la sociedad misma⸺. Si todo se mofa de nosotros, ¿por qué no responder con más mofas? Enmarañados hasta las trancas de absurdos e imposibles, volver a ser niños sea un gesto de lucidez, como bien lo muestra Cosas Raras. Hacer la crítica como ellos la hacen ⸺sin pelos en la lengua ni miramientos en la moral⸺ a cuantos desaguisados observamos en la cotidianidad. Con tintes cínicos e irreverentes, con miradas agudas y comentarios espontáneamente francos, quizá sea una invitación generosa a comportarnos así en nuestras vidas de siempre: un poco suspicaces de esto y aquello, inconformes ante un estado de cosas, de los sentimientos medios y las vidas partidas, de las reiteradas ausencias pese a estar más que vivos, velar por un digno nivel de paz anímica y ser lúdicos en medio de una selva que parecería no apiadarse de nadie. En fin, nada que sea realmente raro para un niño o un adulto.
Ulises Laertíada
11 de octubre de 2025, Guadalajara, Jalisco, México
martes, 23 de septiembre de 2025
30 Aniversario de Concerttante, por Ulises Laertíada. Fotografía: Gabriela Ruiz-Dana (Shoot Dance)
30 Aniversario de Concerttante
Teatro Degollado
20 de septiembre de 2025
por Ulises Laertíada
Es de todos sabido que en septiembre suceden cosas muy importantes en México, como puede ser la consumación de la Independencia el 27 de septiembre de 1821, o la primera fundación del Teatro Degollado el 13 de septiembre de 1866, con la voz de la soprano de ópera Ángela Peralta, o, en fechas recientes, el trigésimo aniversario de la compañía teatral Concerttante Producciones, bajo el gobierno del tenor de ópera Jorge Taddeo.
A una sola exhibición, como sucede en ocasiones altamente especiales, se celebró el día sábado 20 de septiembre de 2025 la función de gala conmemorativa con motivo de los treinta años de andadura teatral de Concerttante. La cita fue en el Teatro Degollado, inmueble lleno de historia, como historia tiene el equipo de actores junto con su director en la escena tapatía. Una consigna caracteriza a esta compañía, y es justamente la multidisciplinariedad de sus ejecutorias: música, danza, ópera, teatro. Aquel viejo dicho de circo, maroma y teatro se cumple a las claras aquí. En esta tónica se han mantenido desde 1995, apelando a los puentes y encrucijadas artísticas que, tarde o temprano, caen en el mismo terreno: el arte. A semejanza de las cuatro históricas remodelaciones que ha tenido el Teatro Degollado, Concerttante decidió presentar no sólo una obra en el escenario, sino un conjunto de pasajes emblemáticos de diversas obras representadas a lo largo del tiempo. Inmueble y convicción se fusionaron con un mismo objetivo: mantener cautivo a la audiencia a cada segundo.
La cita dio comienzo a las siete de la noche. Los asistentes se arracimaban a las afueras de la sede multifacética, al regazo del mosaico de Apolo y las nueve musas. La frontera entre el mundo real y el mundo artístico estaba a unos pasos de distancia. Las apoloides daban la bienvenida. Con un aforo casi al colmo, las luces comenzaron a apagarse de a poco. De pronto el escenario estuvo en sombras, en una penumbra de suspenso. Saltaron a la escena, para inaugurar la función como debía, el director, un grupo de músicos y bailarinas de ballet. La primera pieza musical fue «En la gruta del rey de la montaña» del compositor noruego Edvard Grieg. Siguiendo aquel célebre crescendo del movimiento musical, la función tomaría aquella dirección. Lo anterior ocurrido tras un repaso proyectivo efímero de La Ópera de los Tres Centavos, que inauguralmente habría de ser el sello distintivo de un espectáculo multifacético: el juego convergente entre el pasado y el presente de la compañía tenía cabida de forma vertiginosa. Como he acotado ya, no sólo se ha tratado de teatro, sino también acompañado de música, danza, ballet y ópera, pero además de eso, proyecciones audiovisuales de extractos de cada una de las obras alguna vez representadas, mismas que a su vez marcaban la pauta para preparar la escena real que se ofrecería enseguida.
Entre las obras que se mostraron, apenas unos sabios y bien escogidos pasajes, como relumbrones para una audiencia ávida, desfilaron por la escena la obra mencionada ya, La Ópera de los Tres Centavos, 2012; además de El Niño y los Sortilegios, 2014; Cenizas a las Cenizas, 2015; Amadeus, 2016; Peer Gynt, 2017; Gynt: Las Encrucijadas del Tiempo. Como parte constitutiva de Concerttante, es digno de mención aquellas obras dirigidas al público infantil, circunscritas a Concerttante Pekes, que asimismo han tenido su momento en ocasiones pasadas, tales como La Fiesta de las Brujas, 2018; Maya y el Profesor Itzamná, 2019; Escudos y Conjuros, 2020.
Así pues, las imágenes se sucedían rápidamente allá atrás, en la gran pantalla; la música en vivo acompasando adecuadamente cada escena representada. Las voces de los actores, por su parte, que comparecían al escenario, se escuchaban con una claridad contrastante con el silencio del público, prestos a observar qué fragmento se deslizaba por las tablas, qué personaje tenía su oportunidad para hablar, qué tipo de música se apreciaría a la sazón. La diversidad iba y venía, a vuelo de pájaro había que atrapar y captar la obra en cuestión. El público era partícipe de una función que escalaba a distintas latitudes, que proponía viajar de una historia a otra, de un momento a otro, suscitar, al fin, en el ánimo de la gente, las variadas emociones que podían sugerir cada una de las piezas seleccionadas. ¿Concerttante buscaba quizá desconcertar a sus fieles y queridos espectadores?
Como si el escenario fuera una suerte de océano, los ríos dramáticos, musicales, operísticos y dancísticos llegaban hasta allí con toda su fuerza. Particularidades propias de una función que pretendió ser integral desde el comienzo, los ojos se multiplicaban para observar de pronto a los músicos en el teclado, en los violines, el violonchelo, el clarinete, o de pronto, y del otro extremo del escenario, a los actores y bailarinas caracterizados, entrados en simultáneo, atentísimos a efectuar la debida coreografía, además del propio director de orquesta, que con su batuta ⸺manos y gestos incluidos, por supuesto⸺ parecía arrojar polvos encantadores a fin de que nada perdiera su magia.
El entablado en su totalidad era aprovechado por el talento que cantaba, bailaba, se apoderaban de sus personajes, dialogaban y monologaban, corrían de aquí a allá, saltaban y ejecutaban sus movimientos con una precisión matemática, un estudio calculado del espacio, en perfectos círculos frente al proscenio, y las luces y las cámaras que los seguían sin importar cuán veloces o ágiles se pintaran. El juego luminoso y tramoyista tuvo su feliz acoplamiento. Aquel espectador que descuidara un rincón del escenario, corría el riesgo de perderse un detalle valioso de aquel actor, o aquella bailarina, o aquel otro músico.
Por lo que respecta a los tonos de las diferentes escenas, observamos momentos jocosos de pasajes en cortes palaciegos, monólogos desesperantes de un náufrago, un noble venido a menos o a más, el hijo príncipe que ve morir a su madre, entre aguas cristalinas y fiordos noruegos, más tarde cánticos con increpaciones sociales y divisiones de clases; pasión y enojo, nostalgia y tristeza, arrebato y envalentonamiento. Los registros que pueden aparecer en una sola obra secuenciada y uniforme fueron ofrecidos en esta ocasión de forma selectiva y de diversas piezas teatrales. La interdisciplinariedad tocó su raíz: ahora Concerttante demostró que incluso las obras se pueden entremezclar y arrojar un resultado inesperado. Como si una sola historia se hubiera contado desde muy variados puntos de vista, contados y cantados, cuando no bailados o interpretados.
Sin embargo, como el arte tiene la capacidad de valorar a sus artistas vivos y muertos, cerca del intervalo entre las dos partes de la función, se dedicó una sonata fúnebre en memoria de los actores y dramaturgos finados, a quienes se les recordó por sus trayectorias y legados al acervo cultural mexicano y universal. Con el toque de un solo violín, mas acaso sendos golpes emotivos en la memoria, en la pantalla se apreciaron los rostros de los artistas homenajeados: Andrés Tirado Díaz de León, Enrique Álvarez, Jorge Tirado Díaz de León, Kimball Wheeler, Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, Laura Elena Mendivil, Odile Jöelle Corbel y Pedro Estrada. Aquella frase atribuida al maestro de las artes múltiples, Leonardo da Vinci ⸺«La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte»⸺, fue acatada a cabalidad por la compañía teatral, con lo cual, en el mismo entendido que el florentino polímata, la gala conmemorativa continuó para que la belleza siguiera manifestándose en el recinto.
El estupendo y versátil espectáculo prosiguió, ahora con más ballet de por medio: jóvenes bailarinas nos deleitaron con sus perfectos y delineados giros, vueltas, saltos y figuras de danza. La sutileza de la expresión italiana estaba también servida. Un hombre de la tercera edad se sumó al baile: ¿acaso para dar cuenta de que, tocante a bailes, alegrías y entusiasmos, da lo mismo la edad y la apariencia? Juventud y senectud se volvían cómplices sobre los tablones. Peer Gynt y el fundidor tuvieron una segunda oportunidad para hacer las paces en el escenario.
Las sorpresas no menguarían, dado que de la geografía nórdica, pasamos a la Europa del Siglo de las Luces, para atestiguar las intrigas palaciegas y demás celos profesionales en torno a la figura egregia de Wolfgang Amadeus Mozart, siguiendo una reinterpretación dramática y operística de la película de 1984, Amadeus, dirigida por Miloš Forman y escrita por Peter Shaffer. Salieri, por enésima ocasión, quedaba avergonzado por la insuperable habilidad de Mozart en el piano y sus gracias estentóreas, tanto de risa como de arte. Si aquella afamada apostilla del filme rezaba que «Todos somos iguales ante los ojos de Dios», indudablemente esa noche no fue tal para el público presente, que a las claras se decantaba por el autor de La flauta mágica.
Tal vez para rematar en regiones no esperadas, a fin de no caer en lugar común, yendo hacia otra tierra, otra época, al término del primer gran acto, por decir tal, una suerte de ballet acuático se presentó, protagonizado por pequeñas bailarinas, agrupadas en excelente armonía; un coro dancístico que desplegó lo mejor de sí, con una hechura admirable y cada movimiento esgrimido con gran naturalidad en el agua.
Las chicharras sonaron al punto para indicar el breve receso. No todos quisieron levantarse de sus lugares y amagar con una salida abrupta; se pedía más, se respiraba una gana por continuar viendo aquellos embelesos teatrales. Los aplausos intermedios sólo anticiparon una lluvia de parabienes al final: era cosa de aguardarlo. Con todo, habría un segundo acto, por fortuna, una segunda parte que prometía una amalgama sugerente, de números tras números, sin esperar nada previsible en lo absoluto. Los telones bajaron y en un periquete se reabrieron para proseguir la función.
Entonces comenzó la segunda tanda, con todo lo habido para ofrecer en escena ⸺drama, baile, música, canto⸺, más concentrado en ópera y música, todo bien acompasado, esperando cada cual su turno de intervención; actores al frente, bailarinas atrás, el público silente y expectante. Se seguían las canciones con sumo cuidado, así como los vestuarios de los personajes, cada uno de ellos de época: pantaloncillos cortos, tirantes, gorros, faldones pelucas, vestidos brillosos, uniformes militares, de aristócratas y gente venida a menos. El vestuario resultaba conveniente para cada perfil y cada voz que se reafirmaban con caracteres distintos. La complejidad del mundo se volcaba en el artificio del escenario.
Las proyecciones de las obras del pasado continuaron, previo a su respectico extracto en tiempo real, razón por la cual se generaban emociones por anticipado: el público obtenía un bocadillo consentido antes de lanzarse a degustarlo. Las canciones lucieron por igual, ya en colectivo, ya en solitario; la ópera estridente y bella se despedía desde las metálicas gargantas de los cantores. El recinto se reavivaba con un nuevo aliento, con el grito de Esténtor, el viejo heraldo aqueo, capaz de reproducir cincuenta voces a un solo tiempo. No estábamos en la Guerra de Troya, pero en la medida en que no se cantara con fuerza y propósito, de pronto y algo significativo se perdería. Así cantaban e interpretaban las canciones, en español e inglés, para cada presentación. Un embrujo total.
La gala tocaba a su fin, no sin cantos especiales, donde muchos actores y cantores tuvieron la oportunidad de mostrar sus dotes, aunadas a la música que en todo momento hizo lo propio. Y el director que, como buen dios del escenario, conducía a su compañía, vigía detallado de su labor, de seguir todo lo escrito en partituras, guiones y libretos. ¿Cabía esperar más además de eso? Sólo que al final se presentara el elenco completo, unieran voces, bailes, esfuerzos, habilidades, todo ello reunido en un mismo espíritu, en un grupo concertado y unificado, en un gesto de amor por el teatro y el arte. Todo habría de concluir con las notas edificantes y vigorosas de la dieciochesca ópera–ballet francesa titulada Les Indes Galantes: Les Sauvages de Jean–Philippe Rameau. Con una arenga hacia la paz, la búsqueda de la felicidad, el placer por lo sencillo y un retorno a lo esencial de la vida, como expresaba la pieza, elenco y público se mimetizó en un vendaval de palmas. Todos fuimos, por espacio de breves minutos, les sauvages, sensibles a la naturaleza, motivados por la música, sacudidos por el viento de la fortuna. Abajo los telones rojos y arriba los corazones triunfales.
¡Quién ha dicho que no somos orgullosamente mestizos! Si en un mismo escenario caben a la perfección el Barroco español, el Renacimiento italiano, las composiciones de Mozart, los vestidos victorianos, los bailes de géneros contemporáneos en sus coreografías, folklor nórdico, cantos operísticos, ballet italiano y hasta algo de poesía, entonces ¿por qué no pensar que hasta la fecha la compañía Concerttante ha logrado un destacable concierto integral? Nada queda excluido. Cada manifestación artística tiene su enclave pertinente. Esto es Concerttante, quienes lo han visto o escuchado, lo saben.
Ulises Laertíada
23 de septiembre de 2025, Guadalajara, Jalisco, México
viernes, 19 de septiembre de 2025
martes, 17 de junio de 2025
viernes, 10 de enero de 2025
Alfonso Orozco, a 20 años.
Hoy se cumplen 20 años de su partida. El 10 de enero del 2005 falleció el tenor lírico pinto Alfonso Orozco, y desde entonces el sol al menos para mi y seguramente para Rebe y para sus hijos Alfonso y Danilo, ya no calienta igual. En infinidad de ocasiones he echado de menos sus consejos, su guía, su amistad. Anoche me di a la tarea de buscar información en internet (una vez más) y mientras no puse el año del fallecimiento, literalmente no me arrojó ningún resultado. Las mismas tres notas de siempre: una función de zarzuela donde lo elogian por su gran pronunciación, una liga al dúo de Don Carlo con el Mtro. Bañuelas, otra liga al Mtro. Sulvarán quien fue un joven Escamillo en unas Carmenes de Bellas Artes, y un concierto en la UNAM, donde recuerdo haber estado, en el cual iban los solistas de la ópera a dar sus servicios, pues en ese entonces había cambiado la configuración de la ópera en México y habían sacado de circulación en la ópera de Bellas Artes a casi toda esa generación de artistas. Alfonso, todavía cantó unas funciones de Madama Butterfly en el Palacio (1992) con una soprano finlandesa Eliana Lappalainen y dirigido en escena por un director de una telenovela de tras oriental, el del “Pecado de Oyuki”, Benjamin Caan, su primera ópera y si mal no recuerdo, también la primera de Kleinburg, porque esta había sido programada por Sergio Vela, y al ser sustituido por el mencionado, llegó a un ensayo dentro de las instalaciones de Bellas Artes. Alfonso, fue el último de aquella generación que siguió presentándose, no más Guillermina Higareda, Roberto Bañuelas, etc., etc.,
En el Palacio de Bellas Artes Alfonso Orozco, había interpretado en los últimos años a Pinkerton, su gran rol, con el que acompañó a la famosísima maestra Irma González, en su despedida de la ópera. Lo cantó también con su paisana Gilda Cruz-Romo y por supuesto con su frecuente compañera Guillermina Higareda, de quien él decía que cuando regresaba a escena como Cio-Cio-San con la melodía aguda del violín que da lugar al dúo de amor, y desde el que la soprano emerge recitando: “Vogliatemi bene, un bene piccolino, un bene da bambino…”, o sea la pequeña japonesa pidiéndole que la ame tiernamente, con cuidado sin irla a romper, como si fuera una niñita… en la obra ella tiene 15 años… bueno, Alfonso platicaba como sentía que se le enchinaba la nuca cada vez que Guillermina cantaba esas frases. Una gran artista con una expresión y una voz sublime.
Hay testimonios de muchas de estas funciones en video, solían transmitirse en el canal 11 del politécnico y después en el canal 22, con Rogelio Vargas, que para mi eran imperdibles las sesiones semanales de las ópera completas. Esa época dorada la registró don Manuel Irizar y todavía gracias a su esfuerzo pueden verse en Youtube, donde que no les cuenten, pueden ustedes comprobar el nivel de la ópera que tenía México y que competía artística y vocalmente con el nivel de cualquier compañía del mundo. Al parecer ha sido ignorada por estos nuevos “expertos”, y dejada a su suerte. Pues Irizar, ha intentado que se haga un rescate digital de estos materiales, sin éxito. A veces pienso si será para decirnos que lo que vino después fue mejor, no lo sé. El asunto es que la mayoría de estas grabaciones tiene una terrible calidad de sonido y video.
En esas grabaciones es posible ver a Alfonso en el demandante rol de Luigi, en “Il Tabarro “ (1990), junto al maestro Bañuelas, quien me platicó recordando aquella temporada, que el rol de Michele lo había cogido por sorpresa, a pesar de su experiencia y de haber cantado otros roles de Puccini, nunca se esperó la dificultad de este papel y tuvo que luchar ya en ensayos con orquesta para resolverlo, lo cual era rarísimo en un cantante que siempre llegaba con sus roles flamantemente puestos desde el primer día de montaje. La mtra. Higareda fue Giorgetta. Creo la última ópera que hicieron los tres juntos en ese escenario. También con Alfonso, está su Don José en “Carmen”, su Cavaradossi en “Tosca”, otros de sus grandes roles, y por supuesto el rol con el que lo conocí personalmente: Samson, de “Samson et Dalila” (1989), en el Teatro Degollado junto a Estrella Ramírez y Arturo Nieto. Recuerdo haber estado en todos los ensayos y funciones de esa maravillosa puesta, por aquel entonces el Coro del Estado estaba en su mejor momento, muchos de sus integrantes seguirían como solistas después, pero tengo hasta hoy muy dentro de mi, el recuerdo del “Voi ma misère, Hélas”, al principio del Acto III, cuando Samson da vueltas al molino, ciego. Esas impresionantes frases en las que el tenor va al “la bemol”, “Dios, toma mi vida en sacrificio para calmar tu furia” y después volverá al la natural. En ese momento, todo el teatro Degollado se llenaba de sonido, como si no hubiera espacio sin abarcar, no es que fuera solo tremendamente fuerte, sino por intentar explicarme es como si todo el espacio se llenara de agua en ese momento, esa agua era sonido. Nunca he vuelto a escuchar algo así, me han referido experiencias semejantes dos maestros: Roberto Bañuelas cuando escuchó a Giangiacomo Guelfi, la misma sensación del sonido inmenso que abarcaba todo. Cuando acudió a preguntarle cómo lo hacía, Guelfi le decía que era el “fiato”. El Mtro. Ratko Tichavsky me hablaba de su experiencia escuchando a la Obrasztsova en un par de ocasiones, y se refería a ella como si tuviera una boca gigantesca de la cual brotaba un caudal de sonido. Pues bien, cada ensayo y función en esa aria, volvía el momento fulgurante, el mismo efecto, que tristemente como cuando Victoria de los Ángeles habla de Bjoerling, no puede ser captado por los micrófonos, es algo que sólo puede ser experimentado in situ. De los Angeles se refería a la belleza de la voz de Bjoerling, que no podía ser capturada en un disco, había una cualidad única que sólo podía percibirse en vivo.
Por supuesto, después de ese Samson, fui a pedirle a Alfonso Orozco que me enseñara, y vaya que lo hizo, no me voy a extender aquí acerca de ello porque este texto es para honrar su memoria y no la mía, Pero descubrí que esa impresionante voz, era tan sólo parte de una maravillosa persona, con una cultura enorme, sumamente generosa. Un lector voraz que me inició en tonelada de libros y un hombre que podía charlar sin ninguna dificultad durante horas de temas interesantísimos. El Mtro. Bañuelas se refería con ese humor que lo caracterizaba, a “los excelentes monólogos de Alfonso Orozco”. Desde entonces, cada que me he topado con personas que lo trataron, en especial sus compañeras y compañeros, siempre me hablan con mucho cariño de él. En una ocasión durante unas audiciones en el Conservatorio Nacional, estaban como sinodales las sopranos Guillermina Higareda y Rosa María Diez, junto a Leszek Zawadka, y antes de cantar me preguntaron con quien había estudiado. Al mencionar a Alfonso Orozco, que había fallecido recientemente, se emocionaron mucho pues habían cantado con él en muchas ocasiones, canté “Allerseelen” (el día de todas las almas) de Richard Strauss, mientras la mtra. Guillermina recitaba en silencio la canción y lloraba muchísimo, se quisieron enormemente. Por supuesto, siempre presente, su pareja, la mtra. Rebeca Pérez Higareda, con quien compartimos muchos momentos increíbles en compañía de Alfonso, al que es imposible no recordar. Ese mismo año (2005), publicaría mi libro sobre la Canción Arte, que está dedicado a su memoria.
